Cuenta la tradición que su castillo fue erigido por el mago Mutamín, quien, tras pactar con el diablo, logró levantar la fortaleza en una sola noche. Piedra sobre piedra, bajo la luz de la luna, como si fuerzas invisibles hubieran trabajado hasta el amanecer.
Quizá por eso el lugar conserva esa sensación extraña, esa mezcla de historia y misterio que se respira en cada rincón.
Lejos de renegar de su pasado, Trasmoz lo abraza.
Cada año, durante la primera semana de julio, el pueblo celebra una de las ferias esotéricas más conocidas de la zona: la Feria de Brujería, Magia y Plantas Medicinales del Moncayo. Las calles se llenan de puestos, hierbas aromáticas, amuletos y relatos antiguos. Incluso se elige a la “Bruja del Año”, un reconocimiento simbólico a quienes han contribuido a mantener viva la memoria y la identidad del lugar.
Con un museo dedicado a la brujería, a las afueras de Trasmoz se localiza la Cueva de las Brujas, enclave señalado como punto de encuentro y celebración de aquelarres.
Aquí, la brujería no se esconde. Forma parte del paisaje.
Y mientras camino por sus calles silenciosas, no puedo evitar preguntarme cuántas de estas historias nacieron del miedo… y cuántas, quizá, de algo mucho más real.
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