El susurro del Duende: la casa que Zaragoza nunca pudo olvidar

Publicado el 11 de febrero de 2026, 15:30

En Zaragoza oigo rumores de un suceso paranormal que formó parte de la primera investigación oficial de este tipo en España.

En 1934, en la calle Gascón de Gotor, ocurrió algo que todavía hoy parece resistirse a cualquier explicación lógica. Un hecho extraño, inquietante, que se coló en la vida cotidiana de sus vecinos y terminó conmocionando a todo el país.

Voces que surgían de la nada.
Golpes secos en las paredes.
Susurros que recorrían las habitaciones cuando la casa quedaba en silencio.

Presencias invisibles que parecían burlarse de quienes intentaban comprenderlas.

 

Lo que comenzó como un simple rumor de barrio se convirtió pronto en noticia nacional.

Fue tal el revuelo que se llevó a cabo la primera investigación oficial de un fenómeno paranormal en España. Autoridades, curiosos y periodistas desfilaron por la vivienda, tratando de atrapar lo imposible con explicaciones racionales. Incluso el prestigioso periódico británico The Times dedicó espacio al caso, llevando el misterio zaragozano más allá de nuestras fronteras.

La casa pasó a conocerse como El Duende de la Hornilla.

Pero, cuanto más se investigaba, más esquivo se volvía el fenómeno. Ninguna hipótesis lograba encajar del todo. Y, como ocurre con tantas historias incómodas, el expediente terminó guardado en un cajón, con un silencioso “carpetazo” que dejó más preguntas que respuestas.

El misterio, sin embargo, nunca desapareció.

Siguió vivo en la memoria de los vecinos, en los relatos susurrados al caer la noche, en esa sensación persistente de que algunos lugares conservan algo que no quiere marcharse.

En 1977, la casa fue finalmente derribada. Sus muros, testigos de lo inexplicable, se convirtieron en escombros. En su lugar se levantó un edificio moderno, bautizado con un nombre que parece un guiño al pasado: Edificio Duende.

Como si la ciudad se negara a olvidar.

Porque hay presencias que no se destruyen con ladrillos.
Hay historias que se quedan ancladas a la tierra.

Y quizá, si uno camina por esa calle al anochecer y presta atención, todavía pueda escuchar el eco lejano de aquel antiguo inquilino invisible… riéndose entre las sombras.

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