Donde la ciencia no llega: las curanderas y la leyenda de la culebrilla

Allá donde voy, siempre escucho la misma historia: la leyenda de un curandero o una curandera capaz de “desprender” la temida culebrilla de los cuerpos.

Recuerdo especialmente a una curandera de Lérida, en Cataluña, que me habló de un recién nacido que, según contaba la familia, había sido maldecido por una tía. El pequeño contrajo la culebrilla y las erupciones avanzaban rodeándole el abdomen. “Si la culebrilla da la vuelta —decía— y la cabeza se come la cola, puede morir”. No supe si estaba ante una advertencia ancestral o ante un viejo mito transmitido de generación en generación.

El herpes zóster es, por supuesto, una enfermedad real.

Hoy existe una vacuna y tratamientos médicos eficaces. Sin embargo, muchas de las personas a las que he entrevistado desconfían de ellos o aseguran que no siempre funcionan. Y, casi sin pensarlo, regresan a las curanderas de toda la vida, a esas mujeres que quizá no crean en la medicina convencional, pero que —dicen— nunca hacen daño.

Algunas aplican cataplasmas de hierbas templadas sobre la piel. Otras utilizan la imposición de manos, rezos susurrados o antiguos símbolos trazados con aceite. Gestos sencillos, heredados de madres a hijas, como si cada movimiento guardara una memoria secreta.

He conocido a personas que se han medicado durante años y, aun así, el herpes vuelve a aparecer. Tal vez por eso, incluso los más escépticos terminan llamando a la puerta de estas sanadoras. Porque cuando el dolor aprieta, uno se aferra a cualquier esperanza.

Y así, entre ciencia y superstición, las curanderas siguen habitando nuestros pueblos, caminando silenciosas por la frontera donde lo visible y lo invisible se rozan.