Allá donde voy, siempre escucho la misma historia: la leyenda de un curandero o una curandera capaz de “desprender” la temida culebrilla de los cuerpos.
Recuerdo especialmente a una curandera de Lérida, en Cataluña, que me habló de un recién nacido que, según contaba la familia, había sido maldecido por una tía. El pequeño contrajo la culebrilla y las erupciones avanzaban rodeándole el abdomen. “Si la culebrilla da la vuelta —decía— y la cabeza se come la cola, puede morir”. No supe si estaba ante una advertencia ancestral o ante un viejo mito transmitido de generación en generación.
El herpes zóster es, por supuesto, una enfermedad real.
Hoy existe una vacuna y tratamientos médicos eficaces. Sin embargo, muchas de las personas a las que he entrevistado desconfían de ellos o aseguran que no siempre funcionan. Y, casi sin pensarlo, regresan a las curanderas de toda la vida, a esas mujeres que quizá no crean en la medicina convencional, pero que —dicen— nunca hacen daño.