Vivimos en un mundo en el que nos han enseñado, una y otra vez, que solo debemos creer en lo que vemos. Que todo lo inexplicable tiene una causa lógica. Que el misterio no es más que ignorancia esperando una respuesta científica.
Pero… ¿y si no fuera tan simple?
Y aquí lanzo la primera pregunta:
¿Nos hemos separado tanto de la naturaleza que hemos dejado de percibir aquello que siempre estuvo ahí?
Durante mis viajes, en cada entrevista, en cada conversación improvisada con desconocidos, escucho confesiones que se repiten con inquietante frecuencia. Personas que, al acostarse por la noche, sienten una presencia. Susurros. Una respiración que no es la suya. La extraña certeza de no estar solos.
Al principio lo atribuyen al cansancio o a la imaginación. A los nervios. A la sugestión.
Pero… ¿y si no lo fuera?
¿Qué ocurriría si, en mitad de la oscuridad, escucharas una voz que respondiera a las preguntas que formulas en silencio, dentro de tu mente?
No un eco.
No un sueño.
Una respuesta.
Entonces vuelvo a plantearme lo mismo que al inicio del camino.
¿Y si existen presencias antiguas que hemos olvidado nombrar?
Seres que nuestros antepasados sí reconocían: salamandras, ondinas, espíritus del bosque, guardianes del agua… entidades ligadas a la tierra y a los ciclos naturales, protectores invisibles de aquello que todavía respira sin nosotros.
Quizá no desaparecieron.
Quizá fuimos nosotros quienes dejamos de mirar.
Tal vez la modernidad no apagó la magia… solo nos volvió sordos a ella.
Y, a veces, cuando el silencio es lo bastante profundo, todavía puede escucharse algo al otro lado.