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Decidí escribir desde tierras españolas porque España no se recorre: se atraviesa. Cada paso es una capa de historia, de memoria y de símbolos que aún laten bajo la piel del presente. Es un país donde la tradición y lo invisible conviven con naturalidad, donde lo cotidiano guarda siempre un resto de misterio.
Desde el Rabal de Barcelona —ese barrio que no existe del todo y que, sin embargo, lo contiene todo— el linaje comienza a desplegarse. Allí, entre hilos y botones, nace el punto de unión que conecta el resto de los territorios. Galicia se abre paso a través de Icia, la meiga, heredera de una sabiduría antigua que no necesita alzar la voz para hacerse respetar. Zaragoza aparece con Josefina, una maga encantadora cuya hospitalidad es tan poderosa que incluso logra hacer huir a un experimentado navegante astral de Sevilla, obligado a rendirse ante sus abundantes y sabrosos cocidos.
Desde Sevilla llega Alfredo, viajero incansable de otros planos, y Murcia se manifiesta a través de Vicente, un mago bondadoso, amante del buen comer, de la cerveza compartida y experto en tatuajes místicos que fijan en la piel lo que no siempre puede decirse con palabras. Castilla aporta la gravedad de sus silencios con Rafael y Alberto, guardianes de secretos antiguos, de esos que no se enseñan, solo se heredan.
Y Tarragona cierra el círculo con Juan e Isabelita, dos magos que comprenden que el verdadero conocimiento no siempre se encuentra en los libros, sino en la manera de mirar y de acompañar.
Escribo desde España porque este país permite narrar lo invisible sin explicarlo del todo. Porque aquí la magia no se anuncia: se intuye. Y porque el linaje, como la historia, necesita tierra firme para echar raíces… incluso cuando habla de aquello que no se puede ver.