Con mi viejo automóvil, que dejo aparcado en las afueras de Barcelona por las zonas de bajas emisiones, inicio el camino hacia Zaragoza. Necesito recorrer con mis propios pasos —o mejor dicho, con mis propias ruedas— las calles que después habitará Josefina en la tercera parte de Historias del Linaje Oscuro. Hay escenarios que no pueden inventarse desde un escritorio: hay que respirarlos.
Aunque no me entusiasma conducir, reconozco que el trayecto tiene algo íntimo y casi meditativo. La carretera, el murmullo constante del motor y el paisaje deslizándose tras la ventanilla crean una calma extraña, perfecta para ordenar ideas.
Echo de menos el tren, eso sí. Ese tiempo suspendido en el que podía descansar, mirar por la ventana y escribir sin prisas. Pero últimamente prefiero el coche: me da más libertad de horarios y evito los retrasos e imprevistos del transporte ferroviario. A veces elegir cómo viajar también es elegir cómo vivir el camino.
He decidido que, si el cansancio aprieta, pararé en Lleida, en Cataluña, para estirar las piernas y tomar un café caliente. Sin prisas. Este viaje también forma parte de la historia.
Sé que en el blog ya os he hablado de Zaragoza, pero hoy me apetecía contaros cómo he llegado hasta allí. Porque el viaje importa tanto como el destino. Y, si alguien se anima a seguir esta ruta, siempre puede elegir: autobús, avión o coche. Cada medio tiene su propio ritmo.
Para mí, no hay placer mayor que detenerse en los lugares intermedios y probar su gastronomía. Así que hicimos una parada en la Cuenca de Barberà, en Tarragona, y buscamos un restaurante sencillo donde sirvieran un menú tradicional sin arruinar el bolsillo. Comer como la gente del lugar, escuchar conversaciones ajenas, tomar notas… todo eso también alimenta la escritura.
La Cuenca de Barberà es una comarca rica en leyendas. Aquí se respira historia. En Montblanc, por ejemplo, aún resuena la tradición de Sant Jordi y el dragón, y abundan los relatos medievales sobre tesoros ocultos y brujería.
En el siglo XVI incluso se contrataron cazadores de brujas para identificar a mujeres señaladas por supersticiones y miedos colectivos, dejando tras de sí un folclore oscuro que todavía hoy estremece.
Me quedé ensimismada escuchando a los vecinos hablar de otras tradiciones. Alguien mencionó Prenafeta, el pueblo viejo abandonado tras la peste negra. Sus ruinas y los restos del castillo medieval han generado historias sobre desapariciones, ecos y almas que nunca se marcharon del todo. Lugares así parecen detenidos en el tiempo, como si guardaran secretos que esperan ser contados.
Cuando vuelva, seguiré investigando.
Ahora toca retomar la carretera.
Zaragoza me espera, el Ebro me espera… y, quizá, también las huellas invisibles de Josefina.
— S. O. Arkhantia
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