Sigo caminando hacia el casco antiguo de esta gran ciudad, Zaragoza. El aire frío me obliga a taparme mejor y a hundir las manos en los bolsillos del abrigo. El invierno aquí no avisa: se cuela por el cuello, por las mangas, y te recuerda que la mañana aún no ha terminado de despertar.
Cargo la mochila a la espalda, con el portátil guardado como si fuera una brújula. Sé que en cualquier momento entraré en algún establecimiento, pediré un café y volveré a escribir. Porque últimamente escribir no es solo un acto creativo: es casi una necesidad física.
Mientras avanzo, no puedo evitar imaginar a Josefina y a sus hijos recorriendo estas mismas calles zaragozanas, mezclándose con la gente, aparentemente invisibles, en busca de algún sortilegio, de una señal, de una respuesta que solo la magia sabe dar. Me gusta pensar que la ciudad guarda sus pasos, que bajo el asfalto aún late la memoria de lo que hicieron.
Antes de seguir, me detengo frente al río Ebro.
Quería verlo con calma.
Su paso por Zaragoza es impresionante. Ancho, poderoso, constante. No fluye: avanza con autoridad, como si estuviera decidido a partir la ciudad en dos. Durante unos segundos me quedo observando el agua oscura y entiendo algo muy simple: la naturaleza siempre nos gana por goleada. Nosotros construimos puentes, edificios, muros… pero el río sigue ahí, eterno, imperturbable, marcando el ritmo del tiempo.
Hay algo hipnótico en su corriente. Casi parece el escenario perfecto para un ritual nocturno, para palabras antiguas pronunciadas en voz baja, para promesas hechas a la orilla.
Continúo mi camino hasta la Basílica del Pilar.
La plaza se abre de pronto, enorme, viva, llena de pasos y conversaciones. Hay zonas de restauración, terrazas, turistas y vecinos que cruzan de un lado a otro. Decido detenerme. Necesito descansar, sentarme un momento y retomar la escritura.
Desde donde estoy la observo con atención.
Arquitectónicamente, la basílica se articula en tres naves de igual altura, cubiertas con bóvedas de cañón, donde se intercalan cúpulas y bóvedas de plato que descansan sobre robustos pilares. Es un edificio que no solo se mira: se siente. Su peso, su historia, su silencio interior.
Y, mientras tomo notas, no puedo evitar preguntarme cuántas plegarias, cuántos miedos y cuántos secretos habrán quedado atrapados entre esas paredes.
Quizá Josefina también pasó por aquí.
Quizá entró como una fiel más, pero salió con un nuevo hechizo escondido entre los dedos.
Zaragoza tiene esa dualidad que tanto me gusta: lo sagrado y lo cotidiano, lo histórico y lo invisible.
Y yo, sentado con el portátil abierto, intento atrapar todo eso antes de que el día se lo lleve.
— S. O. Arkhantia
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