Hay sitios que parecen guardar ecos. El Puente de Piedra es uno de ellos. Casi puedo imaginar círculos dibujados con sal, palabras susurradas al viento, promesas hechas a la luna.
Mientras tanto, continúo escribiendo la tercera parte de la historia.
Y, entre tanta sombra y tanta batalla espiritual, hay espacio para pequeños momentos que me arrancan una sonrisa. Porque Josefina, además de maga, está empeñada en convertirse en la cocinera estrella del grupo. Insiste en alimentar a todos como si la guerra contra la oscuridad se ganara a base de cucharadas.
El pobre Alfredo, el mago de Sevilla, ya tiembla cada vez que ella se acerca a la cocina. Jura que cualquier día le hará engullir tres platos de sus famosos cocidos “para darle fuerzas”.
Y esa mezcla me encanta:
hechizos y pucheros, conjuros y risas.
Quizá ahí esté la verdadera magia.
No solo en los rituales ni en las batallas contra el mal, sino en esos instantes humanos que hacen que los personajes respiren, que parezcan reales.
Hoy Zaragoza me está regalando justo eso: calles normales donde, si miras con atención, puede esconderse lo extraordinario.
Seguiré caminando.
Seguiré escribiendo.
Y quién sabe… tal vez esta noche, cuando cruce el puente, escuche el eco de algún viejo conjuro flotando sobre el agua.
— S. O. Arkhantia
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