Escribo desde un bar del Raval de Barcelona, con el murmullo de las conversaciones y el tintinear de las tazas como banda sonora. A veces levanto la vista del cuaderno y me sorprendo imaginando a la tía Encarnita caminando por estas mismas calles, perdiéndose entre callejones húmedos, hasta adentrarse en aquella mercería que, sin saberlo, terminaría convirtiéndose en la sede discreta de brujos y magos de toda España.
Porque Barcelona tiene algo antiguo, algo oculto bajo la piel moderna. Desde aquí puedo visualizar a astrólogos y magos trazando cartas astrales a la luz de una lámpara, calculando destinos y susurrando presagios para los principales políticos de la época, como si el poder y lo invisible siempre hubieran caminado de la mano.
Mientras avanzo en la escritura de la tercera parte de Historias del Linaje Oscuro, sé que este viaje no se quedará en la ciudad. La historia me arrastra más lejos.
Nos llevará a San Cugat del Vallés, a Zaragoza, a Logroño. Nos conducirá hasta las cuevas de Zugarramurdi, donde aún parece resonar el eco de los gritos de aquellas mujeres acusadas falsamente de brujería, condenadas por el miedo y la ignorancia. Allí el aire pesa, como si la tierra todavía guardara memoria.
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