Sigo con mi viaje y, en Granada, conocí a una mujer que se interesó por mi trabajo sobre linajes familiares. Tomando un café, hablamos sobre las llamadas “maldiciones familiares”… o eso dicen que son. Pero, en realidad, se trata de repeticiones que ocurren por alguna razón.
Fechas que se repiten sin explicación. Patrones que se repiten sin conciencia.
Josefina quería entender por qué, durante toda su vida, había sentido que los demás tenían derecho a maltratarla. Y lo más duro: sin una razón aparente, ella misma sentía que ese trato era merecido. Aunque intentaba defenderse, las palabras apenas le salían.
Tanto su madre como su padre la abandonaron y la dejaron al cuidado de la familia paterna. A pesar de ver a su padre a lo largo de los años, este nunca reconoció que era su hija.
Así, creció envuelta en una contradicción constante.
La familia paterna —compuesta por su abuela y dos tías, una de las cuales ejerció como madre— le ofrecía, al mismo tiempo, cariño y desprecio. Una de cal y una de arena. Y ese vaivén fue sembrando en ella una idea peligrosa: “merezco este desprecio”. Con los años, ese sentimiento se volvió normal.
Cada vez que el padre biológico aparecía, la familia intentaba esconderla para que él pudiera mantener su vida “normal” junto a su nueva familia. Un nuevo acto de negación. Un nuevo consentimiento silencioso del desprecio hacia la niña.
Mientras hablaba conmigo, Josefina tenía un tic nervioso en el ojo derecho. Sus capacidades para el estudio eran extraordinarias, pero sentía rabia hacia ellas. Cada vez que lograba aprender algo, se frenaba a sí misma, como si las palabras de su familia siguieran resonando en su interior.
Durante años le repitieron: “No vales”, “Serás puta como tu madre”.
¿Os imagináis crecer con esas palabras grabadas en el alma?
¿Qué os parece esta historia?
En el próximo post continuaré con la investigación de esta familia y cómo Josefina encontró a su madre biológica… y descubrió algo verdaderamente sorprendente.
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