Pero de repente, como por arte de magia, las nubes invadieron el cielo, como si fuera la antesala de algo superior… ¿el destino? José Requena fue reuniendo las cabras con la ayuda de su perro, pero los rayos comenzaron a amenazar la situación y llegaron a caer con tal fuerza que no hacía falta que nadie le dijera que debía salir de allí cuanto antes.
Pero…, maldita casualidad: una cabra perdida hizo que Requena decidiera ir a rescatarla, y al encontrarla comprobó que se había partido una pata, así que puso al animal dentro de un saco y continuó su camino hacia el resto del rebaño.
Era noche cerrada y, a lo largo del camino, comprobó que el saco cada vez pesaba más y más; aquello no era normal, pues el animal apenas se movía y ni siquiera lanzaba sus doloridos lamentos.
En esos momentos de oscuridad, el pastor no dejaba de pensar en las historias que sus padres y abuelos le contaban: seres diabólicos que se aparecían a los pastores.
Decidió abrir el saco y vio que en su interior había una bestia con los ojos rojos como brasas, y una voz endiablada le preguntó: “¿Peso, Requena?”. José Requena abandonó a la bestia y salió corriendo por sendas que, a día de hoy, pueden recorrerse.
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