Recuerdo cuando comencé a escribir Historias del linaje oscuro desde varias cafeterías del Raval de Barcelona. Entre el ruido de las tazas y el olor a café recién hecho, evocaba la figura de mi tía Encarnita y su silenciosa sumisión a su madre.
Pero la verdadera Encarnita no fue una mujer débil. Fue una heroína discreta.
Desde muy joven, su madre decidió que ella sería su cuidadora, su sombra, su apoyo constante. Su vida quedó atada a esa obligación. Cuando por fin quedó libre, ya era tarde: tenía cincuenta años y aún soñaba con casarse y ser madre. Sin embargo, pronto comprendió que ese sueño ya no sería posible.
La maldición familiar seguía su curso.
Su cuñada Silvia y su hermano Quiquet tuvieron dos hijas, y con ellas el legado de infortunios continuó extendiéndose, como una herencia invisible que nadie había pedido.
En esta historia viajaremos del Raval de Barcelona a Sant Cugat del Vallès, pasando por La Floresta, escenarios cotidianos que esconden más sombras de las que aparentan.
Y habrá una mención especial al momento en que la familia de Dolores tuvo que huir a México para escapar de la Guerra Civil Española.
Fue en ese México cálido y lejano donde Mamá Dolores, consumida por el resentimiento y el odio, desató una cadena de muertes que obligó a la familia a regresar, una vez más, a España. Como si ningún lugar del mundo pudiera librarlos de su sombra.
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