Hay momentos, mientras escribo, en los que tengo la sensación de no estar inventando nada. Como si las historias ya existieran y yo solo caminara tras ellas, recogiendo sus ecos...
Eso me está ocurriendo ahora con la tercera parte de Historias del linaje oscuro.
Al volver la vista atrás, recuerdo cómo las dos primeras novelas nacieron casi como un paseo. Un recorrido por lugares reales, cercanos, cotidianos. San Cugat del Vallés, con su calma engañosa. Reus, con sus calles llenas de memoria. Y la urbanización de la Floresta, escondida entre árboles y silencios, donde el aislamiento pesa más que la noche. Allí decidí que vivirían durante un tiempo Silvia y Francisco, una pareja que parecía destinada a una vida sencilla… hasta que el pasado los alcanzó.
Porque en esta saga nadie escapa del pasado.
En la segunda parte profundizamos en ellos, en su intimidad, en cómo la maldición de Mamá Dolores fue filtrándose poco a poco en su día a día, como humedad en las paredes. No llegó con gritos ni sombras espectaculares, sino con pequeños infortunios, accidentes, pesadillas, pérdidas. Esa clase de desgracias que uno intenta explicar con lógica… hasta que ya no puede.
Hoy, mientras escribo esta tercera entrega, puedo decirlo con claridad: el linaje oscuro sigue vivo. Y sigue reclamando lo que considera suyo.
La historia avanza hasta 1985, un año clave. Un punto de quiebre donde lo invisible deja de esconderse. Allí se libra una batalla que llevaba décadas gestándose: una lucha entre el bien y el mal para salvar a todos aquellos marcados por la herencia de Mamá Dolores. No es solo una guerra espiritual, es una guerra por las almas, por la memoria y por romper una cadena que ha pasado de generación en generación.
"Porque la maldición no murió con ella.
Pasó a sus hijos.
Después a Encarnita..."
Encarnita, que en 1980 regenta una pequeña mercería, intentando llevar una vida normal, aferrándose a la rutina como quien se aferra a una tabla en medio del naufragio. Pero el mal nunca se conforma con observar desde lejos.
Y aquí surge una pregunta que muchos lectores quizá aún no se han hecho: ¿Qué relación puede tener una mujer corriente con los magos de toda España?
Como en la vida misma, cuando aparece el problema, buscamos una solución. Es Silvia quien la conduce hacia ella, es Silvia quien le presenta a Juan, un mago que en 1964 vivía cerca de Reus, en Tarragona.
Y con ese encuentro, casi casual, comienza algo mucho más grande de lo que ninguno imagina.
Rituales. Protecciones. Conjuros antiguos.
Y una batalla desesperada por salvar el alma de Encarnita de la posesión que su propia madre sembró en ella.
Mientras escribo estas páginas, siento que cada capítulo pesa un poco más. Como si estuviera abriendo puertas que llevaban demasiado tiempo cerradas.
La tercera parte no solo continúa la historia. La enfrenta. Y quizá, por primera vez, alguien esté dispuesto a romper el linaje.
Seguimos caminando entre sombras.
— S. O. Arkhantia
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