Desde que era pequeña, mi tía Encarnita me hablaba de su viaje a México. La Guerra Civil estaba a punto de estallar y sus hermanos terminaron enfrentados en bandos opuestos. Ella, junto a su madre, Dolores, y algunos de sus hermanos, huyó de España en busca de un futuro mejor y acabó estableciéndose en un pequeño pueblo de México.
Recuerdo que, cuando la tía Encarnita comenzaba a relatar sus aventuras, todos salíamos corriendo. Y no era para menos. En los años ochenta tenía la costumbre de repetir una y otra vez las mismas historias, así que, en cuanto pronunciaba las primeras palabras, más de uno emprendía una discreta carrera hacia la puerta.
Con el paso de los años comprendí que aquellas historias eran mucho más que simples recuerdos. Eran fragmentos de una vida marcada por el exilio, la pérdida y la fortaleza de una mujer que había sobrevivido a una época extraordinariamente difícil.
La madre de Encarnita se llamaba Dolores, una mujer de carácter fuerte cuya presencia marcaría el destino de toda la familia.
El de Encarnita también parecía escrito mucho antes de nacer.
Su misión fue cuidar de su madre hasta el último de sus días. Aunque soñaba con casarse y formar una familia, nunca pudo hacerlo. Renunció a ese deseo por amor y por responsabilidad, dedicando su vida al cuidado de quien le había dado la vida.
A veces me pregunto cuántas personas viven un destino que no han elegido. Cuántas cargan con promesas invisibles, lealtades familiares o responsabilidades heredadas que condicionan su camino sin que lleguen a comprender por qué.
Quizá fue entonces, muchos años después, cuando comprendí que detrás de cada familia existe una historia que merece ser contada.
Y fue precisamente ahí donde comenzó a germinar la semilla de Historias del Linaje Oscuro.
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